En Cuba, despedir el año con el celular encendido se ha convertido en un lujo al alcance de pocos. La crisis energética que afecta al país ha generado apagones prolongados, y cargar un teléfono móvil se ha transformado en una experiencia cada vez más difícil y costosa para los ciudadanos. Lo que antes era una acción simple ahora depende de factores como dinero, suerte y, sobre todo, contactos en un mercado clandestino.
Los «cargadores», casas y negocios que venden minutos de electricidad, han emergido como una nueva alternativa para aquellos que necesitan mantener su teléfono activo. Este mercado negro de electricidad ha crecido en respuesta a la constante falta de suministro, donde las personas pagan por el acceso a un mínimo de carga para sus dispositivos. Las filas interminables y los precios arbitrarios son ya una realidad cotidiana, donde no existen recibos ni garantías de continuidad.
En este contexto, los teléfonos móviles ya no son solo un accesorio o herramienta de entretenimiento, sino una necesidad básica para trabajar, mantenerse en contacto con la familia, recibir información y pedir ayuda en momentos de emergencia. Sin electricidad, estos dispositivos quedan inactivos, lo que convierte a la conexión a la red en un verdadero privilegio.
Mientras las autoridades del régimen cubano siguen hablando de «resiliencia» ante la crisis, los ciudadanos enfrentan una realidad muy distinta. Para muchos, cargar un celular se ha convertido en un acto de supervivencia, donde el problema no radica solo en la batería descargada, sino en un sistema que ha quedado «descargado» por décadas de desajustes y promesas incumplidas.
El caos que rodea la crisis energética en Cuba subraya una vez más la falta de infraestructura y recursos necesarios para atender las necesidades básicas de la población. En este contexto, el acceso a la electricidad no es solo un derecho fundamental, sino un privilegio al que pocos pueden acceder, dejando en evidencia las profundas fallas en el sistema.

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